PACIENTES Y LLEVANDO LA CRUZ 

01
Jun
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Llevar la cruz es más difícil que negarse a sí mismo. 

  1. Si no cumplimos con todos los deberes del amor, nunca el cristiano fiel ha de elevarse a un nivel superior donde Cristo llama a cada discípulo suyo a «tomar su cruz». podremos practicar una negación real del yo.

Todos aquellos a quienes el Señor ha escogido y ha recibido en la compañía de sus santos, deben prepararse para una vida dura, difícil, laboriosa y llena de incontables penas. Es la voluntad de nuestro Padre celestial permitir que Sus hijos pasen por todas estas vicisitudes, para así poder probarles. De esta forma ocurrió con el Señor Jesucristo, Su Primogénito, y también así seguirá siendo con todos nosotros Sus hijos. Si bien Cristo fue Su Hijo bien amado, en quién el Padre tenia contentamiento, no vivió sin pruebas ni tristezas, sino que fue afligido en gran manera. Toda Su vida fue una cruz perpetua

  1. La bíblia explica la razón, que fue necesario que aprendiera la obediencia por medio de aquellas cosas que padeció: «Y aunque era Hijo, aprendió la obediencia por lo que padeció…» ¿Por qué habríamos, entonces, de libramos nosotros de esa condición a la cual Cristo, nuestro ejemplo y modelo, tuvo que someterse por amor a nosotros?

Su palabra nos enseña que el destino de todos los hijos de Dios es el de ser conformados a Su imagen. Cuando experimentamos estas penas y calamidades, tenemos el consuelo de ser participantes de los sufrimientos de Cristo. Al pasar por nuestras muchas tribulaciones, recordamos a Aquel que franqueó un abismo de maldades y se elevó a la gloria del cielo.

  1. La bíblia nos dice que, si conocemos «la participación de sus padecimientos», también entenderemos «el poder de su resurrección, y la participación en su muerte, y además estaremos preparados para compartir Su gloriosa resurrección.

¿Cuánto nos ayudan estos conceptos a sobrellevar la amargura de la cruz! Cuanto más seamos afligidos, por las adversidades, más será confirmada nuestra comunión con Cristos Por medio de la comunión las contrariedades se convierten en bendiciones, y además son de gran ayuda para promover nuestra felicidad y salvación. Ver Mat 16:24: 3:17: 17:5; Heb. 5:8; Rom. 8:29. Hech, 14:22; Fil. 3:10

La cruz nos hace humildes 

  1. Nuestro Señor no fue obligado a llevar la cruz excepto para mostrar y probar la obediencia a Su Padre.

Pero hay muchas razones por las cuales nosotros debemos vivir bajo la continua influencia de la cruz. Primero, puesto que somos inclinados por naturaleza a atribuirlo todo a la carne, a menos que aprendamos lecciones de nuestra propia estupidez, nos formaríamos fácilmente una noción exagerada de nuestra fuerza, dando por sentado que, pase lo que pase, seguiríamos permaneciendo invencibles.

Con esta clase de actitud nos henchiríamos como tontos con una confianza carnal y vana que nos llenaría de orgullo contra Dios, como si nuestro poder fuera suficiente y pudiésemos prescindir de Su gracia. No hay ninguna forma mejor de reprimir esta vanidad que probando lo tontos que somos y to frágil y vulnerable de nuestra naturaleza humana. En este caso, es necesario pasar por la experiencia de la aflicción.

Por lo tanto, Él nos aflige con humillación, pobreza, pérdida de seres queridos, enfermedad a otras calamidades. Algunas veces, al ser incapaces de sobrellevar estas cargas, pronto somos sepultados por ellas. Así, siendo humillados, aprendemos a apelar a Su fortaleza, que es lo único que puede hacemos estar de pie ante tal cantidad de aflicciones.

  1. Aún los más grandes santos, sabiendo que solamente pueden ser fuertes en la gracia del Señor, tienen un más profundo conocimiento de sí mismos una vez que han pasado por las muchas pruebas y dificultades de la vida.

El mismo David tuvo que decir: «En mi prosperidad dije yo No seré jamás zarandeado…» (Sal. 30:6). David confiesa que la prosperidad había nublado de tal manera sus sentidos, que dejó de poner sus ojos en la gracia de Dios de la cual debería haber dependido continuamente. En lugar de ello creyó que podía andar en sus fuerzas y se imaginó que no caería jamás.

  1. Si esto le ocurrió a este gran profeta, ¿quién de nosotros no debería ser cuidadoso y temeroso?

Si bien en medio de la prosperidad muchos santos se han congratulado con perseverancia y paciencia, cuando la adversidad quebró su resistencia vieron que se habían engañado a sí mismos. Advertidos de tales debilidades por tantas evidencias, los creyentes reciben una gran bendición por medio de la humillación,

Despojados así de su necia confianza en la carne, se refugian en la gracia de Dios, y una vez que lo han hecho, experimentan la cercanía y la comunión de la divina protección que es para ellos una fortaleza inexpugnable.

La cruz nos hace ser esperanzados 

  1. A esto se refiere la palabra cuando dice en Romanos 5:3, 4: «Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza»

Los cristianos experimentan por sí mismos que la promesa de Dios de ayudarles en sus tribulaciones es cierta, y así persisten en su paciencia apoyados en la fortaleza del Señor, y no en sus propios medios. La paciencia, por lo tanto, hace que los santos puedan soportar sus pruebas, sabiendo que Dios les dará el auxilio que ha prometido en cualquier momento que lo necesiten.

Esto también confirma sus esperanzas, pues los cristianos seríamos desagradecidos si no confiáramos nuestro futuro a Dios, a quién conocemos que es firme e inmutable. Ahora vemos que torrente inagotable de beneficios fluye desde la cruz. Si descartamos las falsas opiniones de nuestras propias virtudes y descubrimos la hipocresía que nos engaña con sus adulaciones, nuestro orgullo natural y pernicioso se derribará. Una vez derribados, y para que no tropecemos o nos hundamos en nuestra desesperación, el Señor nos enseña a confiar exclusivamente en Él. De esta ‘victoria reuniremos nuevas esperanzas, pues cuando el Señor cumple Sus promesas, confirma Su verdad para el futuro.

  1. Aunque éstas fueran las únicas razones, ya son suficientes para mostramos cuán necesarias son las aflicciones de la cruz.

Ser arrebatados del amor a nuestro «ego» resulta sumamente provechoso, pues así nos damos cuenta de nuestra propia debilidad y, por lo tanto, dejamos de confiar en nosotros mismos para comenzar a poner toda nuestra confianza en Dios.

Encomendándonos y dependiendo solamente del Señor, podremos perseverar victoriosamente hasta el fin, y continuar en Su gracia, sabiendo que Él es fiel y verdadero en todas Sus promesas. Así podremos experimentar la certeza de Su palabra, de manera que nuestra esperanza se afiance cada vez más.

La cruz nos enseña obediencia. 

  1. El Señor tiene aún otra razón para afligir a Sus hijos y es la de probar su paciencia y enseñarles obediencia.

Ciertamente, los cristianos no pueden mostrar a Dios otra obediencia que la recibida de Sus manos; pero Él se complace de esta manera en probar y exhibir las gracias que les ha conferido a Sus santos, pues de otro modo permanecerían ocultas y serían inútiles.

Cuando los siervos de Dios manifiestan abiertamente sus dones de fortaleza y firmeza en medio de sus sufrimientos, la Escritura les confirma que Dios les está probando en su paciencia. Veamos lo que dice Génesis 22: 1: «Y aconteció después de estas cosas, que Dios puso a prueba a Abraham…» El patriarca probó que su devoción era auténtica porque no rehusó sacrificar a su hijo Isaac. Por este motivo Pedro declara que nuestra fe es probada por medio de las tribulaciones, así como se prueba el oro por fuego.

  1. ¿Quién puede negar la necesidad de que este precioso don de la paciencia, que el creyente ha recibido de Dios, sea desarrollado en la práctica de manera que el Señor pueda ver a los creyentes en el ejercicio del mismo?

Además, si no fuera así, nunca llegaríamos a apreciarlo como es debido. Dios mismo actúa a tiempo para que estas virtudes no lleguen a ser oscuras e inútiles, ofreciéndonos una ocasión para ponerlas en práctica. Ésta es, sin duda, una de las mejores razones para probar a los santos, pues por medio de la aflicción aprenden a ejercitar la paciencia.

  1. Los cristianos también son instruidos por medio de la cruz para la obediencia, porque de esta manera aprenden a seguir los deseos de Dios y no los suyos propios.

Si todo fuera conforme a sus deseos, no entenderían lo qué en verdad significa seguir a Dios. Séneca dijo que había una antigua costumbre por la cual se exhortaba a la gente a sobrellevar la adversidad recordando estas palabras: «Seguid a Dios.»

Esto implica que el hombre se somete al yugo de Dios sólo cuando voluntariamente acepta la disciplina con la humildad de un niño. Por lo tanto, si es razonable que nos mostremos obedientes a nuestro Padre celestial en todas las cosas, no podemos negarle el derecho de usar el medio que Él escoja para acostumbrar a Sus hijos a practicar esta obediencia. Ver Gén. 22:1, 2 y 11 Pedro 1:7.

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