PACIENTES Y LLEVANDO LA CRUZ – 2da Parte

01
Jul
1 20220706 230710 0000 cleanup

La cruz contribuye a la disciplina.

  1. A menudo no entendemos cuán necesaria es esta obediencia para nosotros, a menos que también consideremos cuánto anhela nuestra carne quitarse de encima el yugo del Señor, tan pronto como somos tratados con algo de ternura e indulgencia.

Con nosotros ocurre lo mismo que con los caballos rebeldes, que si al principio son mimados y consentidos, se vuelven ariscos e indomables y no tienen ninguna contemplación para con sus jinetes, a quienes deberían de estar sometidos. En otras palabras, aquellos defectos por los cuales el Señor se quejaba del pueblo de Israel, se ven continuamente en cada uno de nosotros: Cuando nos «llenamos de grosura», nos volvemos contra Él, que nos ha cuidado y rodeado de cariño. La bondad del Señor debe llevarnos a considerar y amar su misericordia y benignidad, pero como somos tan ingratos, es muy necesario que seamos restringidos por alguna clase de disciplina que quiebre nuestra obstinada voluntad.

  1. Dios no quiere que seamos altivos cuando adquirimos riquezas, ni que nos volvamos orgullosos cuando recibimos honores.

Tampoco que seamos insolentes cuando somos bendecidos con prosperidad y salud, por lo cual el mismo Señor, cuando lo considera conveniente, hace uso de la cruz para frenar, restringir y someter la arrogancia de nuestra carne. Nuestro Padre procede a aplicarnos la disciplina por varios medios que resultan útiles y saludables para cada uno de nosotros. No todos somos afligidos con la misma enfermedad, ni todos tenemos necesidad de la misma cura rigurosa.

Ésta es la razón por, la cual vemos a distintas personas disciplinadas con diferentes cruces. El gran médico celestial toma la responsabilidad de cuidar de todos sus pacientes. A algunos Él les da una medicina más suave, y a otros les purifica por medio de tratamientos más drásticos, pero no deja a nadie sin disciplina, pues todo el mundo, sin excepción, está enfermo. (Deut. 32: 15).

La cruz trae arrepentimiento.

  1. Además, es necesario que nuestro misericordioso Padre no sólo prevenga nuestra debilidad futura, sino también que corrija nuestras ofensas pasadas para mantenernos en el sendero de la obediencia. Cuando nos llega la aflicción, debemos de examinar inmediatamente nuestra vida pasada, y, al hacerlo, ciertamente encontraremos que merecemos la disciplina que hemos recibido.

Sin embargo, no deberíamos sacar la conclusión de que a todos se nos exhorta primeramente a la paciencia, porque necesitamos recordar nuestros pecados. La Escritura nos da mejores razones cuando nos dice que en la adversidad «somos sometidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo».

  1. En consecuencia, aun en la más amarga de nuestras pruebas deberíamos disfrutar de la misericordia y bondad de nuestro Padre, pues ni aun en las circunstancias más duras deja de preocuparse por nuestro bienestar.

Dios no nos aflige para destruirnos o arruinarnos, sino más bien para librarnos de la condenación del mundo. Este pensamiento nos lleva a otro versículo de la Escritura: «No menosprecies, hijo mío, la reprensión de Jehová, ni te fatigues de su corrección; porque Jehová al que ama reprende, como el padre al hijo a quien quiere.»

Cuando reconocemos la vara de un padre, ¿no deberíamos mostrarnos dóciles antes que imitar la actitud de esos hombres desesperados que se han endurecido en sus mismas maldades? Si el Señor no nos atrajera hacia Él por medio de la corrección cuando le hemos fallado, nos dejaría perecer junto con el mundo. Como dice en la Epístola a los Hebreos: «Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.»

  1. Si no estamos de acuerdo con Dios, somos realmente perversos, pues Él nos muestra continuamente su amor y benevolencia, y su gran preocupación por nuestra salvación.

La Escritura establece esta diferencia entre los creyentes y los que no lo son, los últimos, como viejos esclavos de su incurable perversidad, no pueden soportar la vara, pero los primeros, como auténticos hijos de noble cuna, proceden al arrepentimiento y aceptan la corrección. Ahora nos toca a nosotros decidir de qué lado queremos estar. Habiendo ya tratado este tema en otras muchas páginas, busca decir que lo he tocado aquí en forma breve. Ver II Corintios 11:32; Proverbios 3:11-12; Hebreos 12:8.

La persecución trae consigo el favor de Dios

  1. El favor del Señor es una fuente de singular consolación para todo aquel creyente que sufre «persecución por causa de la justicia».

En tales ocasiones deberíamos damos cuenta de que Dios nos honra, haciéndonos objeto de la ministración de Su consuelo y misericordia.

Cuando hago mención de la «persecución por causa de la justicia», no sólo me refiero a aquellas ocasiones en que sufrimos por causa del evangelio, sino también cuando la gente se nos opone ante nuestra defensa por cualquier causa justa.

Al defender la verdad de Dios contra las mentiras de Satanás, o proteger a la gente buena e inocente contra las injusticias y las injurias, es posible que seamos presa del aborrecimiento y el odio del mundo, de manera que de nuestras vidas, nuestras posesiones, o aun nuestra reputación, estén en peligro. Sin embargo, no deberíamos afligirnos ni considerarnos miserables cuando estamos en el servicio de Dios, pues Él, de Su propia boca, nos llama bienaventurados. Es verdad que la pobreza en sí misma es una miseria, e igualmente puede decirte del exilio, el desprecio, la vergüenza y la cárcel; y de todas las calamidades, la muerte es la última y la peor.

Pero cuando Dios nos cubre con Su favor, todas estas cosas obran para nuestra felicidad y nuestro bienestar. Estemos, pues, contentos con la aprobación de Cristo, antes que con la falsa opinión de nuestra carne. Entonces nos regocijaremos como los apóstoles, que se consideraban «gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre».

  1. ¿Qué hay de todo ello? Si siendo inocentes y teniendo una buena conciencia nos vemos despojados de nuestros bienes terrenales a causa de la maldad del mundo, debemos concentrarnos en el los aumento de nuestras verdaderas riquezas con Dios en los cielos.

Si tenemos que salir de nuestro país, seremos recibidos en una íntima relación con Dios. Si somos atormentados y despreciados, seremos más arraigados en Cristo al acudir a Él. Si somos cubiertos de reproche y de vergüenza, recibiremos una mayor gloria en el Reino de Dios. Si somos masacrados, seremos recibidos en la gloria eterna. Deberíamos estar avergonzados de considerar los valores eternos de menos valor que las cosas corruptibles y los placeres pasajeros de la vida presente. Ver Mateo 2:10; Hechos 5:41.

La persecución debería producir gozo espiritual.

  1. Puesto que la Escritura nos conforta una y otra vez en las pruebas y penurias que experimentamos en defensa de una causa justa, podemos, por tanto, ser acusados de ingratos si no recibimos estas pruebas de la mano de Dios con resignación y gozo espiritual; especialmente desde que este tipo de aflicción, o cruz, es más propia de los creyentes.

De acuerdo a lo que dice Pedro, el Señor Jesucristo será glorificado por medio de nuestro sufrimiento. Como para algunas mentes independientes un tratamiento desdeñoso es más tolerable que cien muertes, Pablo nos advierte que no nos espera solamente la persecución, sino también el reproche, porque «hemos puesto nuestra esperanza en el Dios viviente».

En otro pasaje el apóstol nos hace recordar que sigamos su ejemplo y vayamos «a través de la gloria y de deshonor, de calumnia y de buena fama.

  1. Por otra parte, no se nos pide que estemos alegres mientras nos sacudimos el sentimiento de pena y amargura.

Los santos no podrían experimentar ninguna paciencia en llevar la cruz, a menos que no fuesen perturbados por la pena y afligidos por el sufrimiento.

Por ejemplo, si no hay apuros en la pobreza, o agonía en la enfermedad, o dolor en los insultos, u horror en la muerte, ¿qué valor tendría el hecho de mirar estas aflicciones con indiferencia?

Sin embargo, puesto que cada una de ellas, por medio de su propia amargura, humilla nuestro corazón como algo muy normal, los cristianos fieles mostrarán su verdadera fortaleza resistiendo y sobreponiéndose a su pena, sin importarles cuánto deban esforzarse para conseguirlo.

Estos hijos de Dios serán pacientes cuando sean provocados con furia, y por el temor de Dios se abstendrán de responder con arrebatos. Manifestarán su gozo y guía cuando, al ser heridos y entristecidos por la pena, descansen en la consolación espiritual de Dios. Ver 1 Pedro 4:14; 1 Timoteo 4:10; 1 Corintios 6:8-9.

Compártelo Con Tus Familiares y Amigos

Deja un comentario