LA OBEDIENCIA HUMILDE, VERDADERA IMITACIÓN DE CRISTO – II PARTE

01
Ene
enero 2024

NO ES SUFICIENTE UNA CRISTIANDAD EXTERNA.

  1. Preguntemos a aquellos que no poseen nada más que la membresía de una iglesia, y que a pesar de ello desean llamarse cristianos, ¿CÓMO PUEDEN GLORIFICAR EL SAGRADO NOMBRE DE CRISTO?

Únicamente aquel que ha recibido el verdadero conocimiento de Dios por medio de la Palabra del Evangelio puede llegar a tener comunión con Cristo.

El apóstol dice que nadie que no ha puesto de lado la vieja naturaleza con su corrupción y sus concupiscencias puede decir que ha recibido el verdadero conocimiento de Cristo.

El conocimiento externo de Cristo es sólo una creencia peligrosa, no importa lo elocuentes que puedan ser las personas que lo tienen.

  1. El evangelio no es una doctrina de la lengua, sino de vida.

No puede asimilarse solamente por medio de la razón y la memoria, sino que llega a comprenderse de forma total cuando posee toda el alma y penetra en lo profundo del corazón.

Los cristianos nominales deben cesar en su actitud de insultar a Dios jactándose de ser aquello que no es.

Debemos asignar un primer lugar al conocimiento de nuestra fe, pues éste es el principio de nuestra salvación. A menos que nuestra fe o religión cambie nuestro corazón y nuestra actitud y nos transforme, además, en nuevas criaturas, no nos será de mucho provecho.

  1. Lo filósofos condenan justamente y excluyen de su compañía a todos aquellos que profesan conocer el arte de vivir la vida, pero que en realidad no son sino niños balbucientes.

Con mucha más razón los cristianos deberían detestar a aquellos que tienen el evangelio en sus labios pero no en sus corazones.

Si se comparan con las convicciones, los afectos y la energía sin limites de los verdaderos creyentes, las exhortaciones de los filósofos son frías y sin vida.

Efesios 4:20. «Pero esa clase de vida no tiene nada que ver con la instrucción que recibieron de Cristo».

ES NECESARIO EL PROGRESO ESPÍRITUAL.

  1. No debemos insistir en una perfección absoluta del evangelio en nuestros compañeros cristianos por más que luchemos por conseguirla nosotros mismos.

Sería injusto demandar una perfección evangélica antes de que sepamos si una persona es un verdadero cristiano.

Si pusiéramos una norma de perfección total para los cristianos, no podría existir ninguna iglesia, puesto que todos distamos mucho de ser el verdadero cristiano ideal… Además, tendríamos que rechazar a muchos que sólo pueden hacer un lento progreso.

  1. La perfección debe ser la meta final a la cual dirigimos, y el propósito supremo en nuestras vidas.

No es justo que hagamos un compromiso con Dios en el que tratemos de cumplir parte de nuestras obligaciones y omitamos otras según nuestro gusto y antojo. Antes que todo, el Señor desea sinceridad en Su servicio y sencillez de corazón, sin engaño ni falsedad.

Una dualidad de mente está en conflicto con la vida espiritual, puesto que ésta implica una devoción sincera a Dios en la búsqueda de la santidad y la rectitud. Nadie en esta prisión terrenal del cuerpo tiene suficientes fuerzas propias como para seguir adelante con una constante vigilancia y desvelo.

Además, la gran mayoría de los cristianos padecen de una debilidad tal, que se desvían o se detienen» en su progreso espiritual, haciendo, en consecuencia, avances muy lentos y escasos.

  1. Dejemos que cada uno proceda de acuerdo a la habilidad que le ha sido dada y continúe así el peregrinaje que ha empezado.

No hay hombre tan infeliz e inepto que de tanto en tanto no haga un pequeño progreso.

No cesemos de hacer todo lo posible para ir incesantemente hacia adelante en el camino del Señor; y no desesperemos a causa de lo escaso de nuestros logros.

Aunque no lleguemos al nivel espiritual que esperamos o deseamos, nuestra labor no está pérdida si es que el día de hoy sobrepasa en calidad espiritual al de ayer.

  1. La única condición para el verdadero progreso espiritual es que permanezcamos sinceros y humildes.
  • Mantengamos en mente nuestra meta final y vayamos hacia ella con toda nuestra voluntad.
  • No caigamos en el orgullo ni nos entreguemos a pasiones pecaminosas.
  • Ejercitémonos con diligencia para alcanzar una norma más alta de sanidad, hasta que hayamos llegado a lo mejor de nuestra calidad espiritual, en la que debemos persistir a lo largo de toda nuestra vida.
  • Únicamente lograremos la perfección absoluta cuando, liberados ya de este cuerpo corruptible, seamos admitidos por Dios en Su Presencia.

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