AUTO NEGACIÓN – 2da Parte

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Abr
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La verdadera humildad significa respeto por los demás. 

  1. La auto negación se refiere en parte a: los hombres, pero más principalmente a Dios.

Cuando la Escritura nos ordena ‘conducirnos de tal manera para con nuestros semejantes, de modo que preferimos a los demás antes que a nosotros mismos, nos está dando un mandamiento de tal envergadura que no podemos recibir a menos que primero seamos curados de nuestra naturaleza pecaminosa.

Estamos tan cegados y trastornados por el amor propio, que imaginamos que tenemos el justo derecho de exaltamos y menospreciar a los otros al compararlos con nosotros mismos. Si Dios ha derramado sobre nosotros un don excelente, pero imaginamos que el mismo se debe a nuestro propio logro, acabaremos henchidos de orgullo.

  1. Todos estamos llenos de vicios que escondemos cuidadosamente de los demás, y nos engañamos pensando que son cosas pequeñas y triviales.

Es más, a veces los estimamos como verdaderas virtudes. Si los mismos talentos que admiramos en nosotros (o aun mejores) los vemos en nuestro prójimo, con toda malignidad los despreciamos y los tenemos en poco, para así no tener que reconocer la superioridad de nuestros semejantes.

Si los otros tienen algún vicio, no nos contentamos con criticarlos aguda y severamente, sino que nos permitimos exagerarlos con todo nuestro odio. El odio da paso luego a la insolencia, pues deseamos ser más excelentes que el resto de la humanidad, y nos imaginamos que no pertenecemos al común de la gente, considerando a los demás como seres inferiores.

  1. El pobre se rinde ante el rico, la gente común a la que cree superior, los siervos a sus amos, los ignorantes a los estudiosos; pero no hay nadie que no se crea que él es superior a los demás.

Cada uno se adula a sí mismo y levanta un verdadero reinado en su «ego» interior. Todos deseamos complacemos a nosotros mismos y censurar las ideas y conducta de nuestros semejantes, y en caso de que surja una diferencia, se convierte en una verdadera explosión de veneno. Muchos pensamos que otras personas son amables y encantadoras mientras no nos contradigan, pero ¿cuántos de nosotros nos mantenemos en calma y de buen humor si los demás se perturban o imitan?

  1. Para poder vivir felices hemos de arrancar de nuestro corazón los malos pensamientos y deseos de falsa ambición y amor propio desde las mismas raíces.

Si prestamos atención a las instrucciones de las Escrituras, observamos que nuestros talentos no nos pertenecen, sino que son dones que el Señor nos da en su gracia infinita. Si nos enorgullecemos de nuestros talentos, estamos siendo ingratos para con Dios. «Porque ¿quién te distingue?, ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (11 Cor. 4:7).

Debemos velar y ser conscientes de nuestras faltas, así como verdaderamente humildes. De este modo no nos inflaremos de orgullo, sino que, por el contrario, tendremos grandes razones para sentimos abatidos.

  1. Por otra parte, cuando vemos algún don de Dios en otra persona, no debemos estimar solamente el don, sino también a su poseedor, pues sería una maldad de nuestra parte robar a nuestro hermano el honor que le ha sido dado por Dios.

Se nos ha enseñado a pasar por alto las faltas de los demás, y no a fomentarlas por medio de la adulación. Nunca deberíamos injuriar a otros por sus faltas, pues es nuestro deber mostrar amor y respeto para con todos.

Si prestamos atención al honor y la reputación de los demás, quienquiera que ellos sean, aprenderemos a conducimos no solamente con moderación y excelente humor, sino con educación y un amplio sentido de la amistad. Nunca llegaremos a la verdadera humildad de ningún otro modo que no sea humillándonos y honrando a nuestro prójimo desde ‘lo profundo de nuestros corazones. Ver Rom. 12: 10; Fil. 2:4; 1 Cor. 4:7.

Debemos buscar el bien de los demás creyentes.

  1. Cuán extremadamente difícil nos es procurar el bien de nuestro vecino, a menos que dejemos de lado todas las consideraciones: egoístas y nos olvidemos de nosotros mismos.

¿Cómo podemos llevar a cabo los deberes que Pablo nos enseña como obras de amor, a menos que renunciemos a nosotros «.mismos y nos dediquemos enteramente a los demás?

«El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se engríe; no hace nada indecoroso, no busca su propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad» (I Cor. 13:4-6).

  1. Aunque solamente se nos ordenase que no buscásemos nuestro propio beneficio, deberíamos, con todo, seguir ejerciendo una considerable presión sobre nuestra vieja naturaleza, pues está tan fuertemente inclinada a amar exclusivamente al «yo», que no estaría dispuesta fácilmente a dejar de lado sus intereses egoistas.

Busquemos, más bien, el provecho de los demás, y aun en forma voluntaria renunciemos a nuestros derechos por el bien de nuestro prójimo.

Las Escrituras nos urgen y nos advierten para que consideremos que cualquier favor que obtengamos del Señor lo hemos recibido con la condición de que lo apliquemos en beneficio común de la iglesia: Hemos de compartir liberal y gustosamente todos y cada uno de los favores del Señor con los demás, ya que esto es lo único que los legitima.

Todas las bendiciones de que gozamos son depósitos divinos’ que hemos recibido con la condición de que los distribuyamos a los demás. No podríamos imaginar un cometido más apropiado o una sugerencia más poderosa que ésta.

  1. De acuerdo a las Escrituras nuestros talentos personales han de ser comparados con los poderes conferidos a los miembros del cuerpo humano.

Ningún miembro del cuerpo mantiene su fuerza para sí mismo. ni la aplica para su uso exclusivo, sino solamente para el provecho de los demás. De igual modo, ningún miembro de la iglesia recibe ventajas de su propia actividad, sino a través de su cooperación con la totalidad del cuerpo de creyentes.

Cualquier habilidad que un fiel cristiano tenga, debe dedicarla al servicio de sus compañeros creyentes. También debería someter, con toda sinceridad, sus propios intereses al bienestar común de la iglesia.

Hagamos nuestra esta regla de buena voluntad y amabilidad, para que cuando tengamos la ocasión de ayudar a los demás, podamos comportamos como quien algún día dará cuenta de sus propios actos, recordando siempre que la distribución de los beneficios se ha de determinar en armonía con la ley del amor.

En primer lugar no debiéramos intentar promover el bien de los demás buscando el nuestro propio, sino preferir el beneficio de los otros por lo que en sí mismo significa.

  1. La ley del amor no sólo concierne a los beneficios considerables, pues desde la antigüedad Dios nos ha ordenado que la recordemos y la pongamos en práctica aun en los pequeños favores de la vida.

Dios ordenó al pueblo de Israel que le ofreciese los primeros frutos del maíz, como una muestra solemne de que les era ilegítimo gozar de una bendición que previamente no hubiera sido ofrecida a Él.

Si los dones de Dios no son parte de nuestra vida santificada y no los dedicamos con nuestras propias manos a Su Autor, seríamos culpables de un abuso pecaminoso de ellos si desecháramos tal dedicación.

  1. En vano podríamos intentar enriquecer al Señor mediante la distribución de los talentos y de los dones.

Como nuestras bondades no pueden alcanzar al Señor. como dice el salmista, hemos de ejercitarlo en favor de los santos que están en la tierra».

La Escritura compara las limosnas con las ofrendas sagradas, para ‘así mostramos que los ejercicios de caridad bajo el evangelio han tomado el lugar de los sacrificios bajo la ley del Antiguo Testamento. Ver. ICor. 13:4-8; Sal. 16:2-3.

Debemos buscar el bien de todos, amigos y enemigos.

  1. Conociendo nuestra predisposición natural, el apóstol nos enseña a que no nos cansemos de hacer el bien, y además añade que «el amor es paciente…. no se irrita>>>> (1 Cor 13:4-5).

Dios nos manda hacer el bien a todos los hombres sin excepción, aunque la mayoría son muy inmerecedores, se les juzga, de acuerdo a sus propios méritos.

También en esta ocasión la Escritura nos ayuda con un excelente argumento, enseñándonos a no pensar en el valor real del hombre, sino sólo en su creación, hecha conforme a la imagen de Dios: A Él debemos todo el honor y el amor de nuestro ser.

Además, los que formamos parte de la familia la fe somos los que más podemos apreciar la imagen de Dios, porque Él la ha renovado y restaurado en nosotros por medio del Espíritu de Dios.

  1. De modo que si alguien aparece delante de vosotros necesitado de vuestro amable servicio, no tenéis razón alguna de rehusarle tal ayuda.
  • Supongamos que es un extraño el que necesita nuestro auxilio; aun así el Señor ha puesto en él Su propio sello y le ha hecho como uno de vuestra familia; por lo tanto, os prohíbe que despreciéis vuestra propia carne y sangre.
  • Supongamos que es vil e indigno; aun así el Señor le ha designado para ser adornado con Su propia imagen.
  • Supongamos que no tenéis ninguna obligación hacia él de servirle; aun así el Señor le ha hecho como si fuera Su sustituto, de modo que os sintáis obligados por los numerosos e inolvidables beneficios recibidos.
  • Supongamos que es indigno del más mínimo esfuerzo a su favor; pero la imagen de Dios en él es digna de que os rindáis vosotros mismos y vuestras posesiones a él. Si él no ha mostrado amabilidad, sino que, por el contrario, os ha maltratado con sus injurias e insultos, aun así no hay razón para que no podáis rodearle con vuestro afecto y hacerle objeto de toda clase de favores. Podríais decir que él se merece un trato muy diferente, pero ¿qué es lo que ordena el Señor, sino que perdonemos a todos los hombres sus ofensas y remitamos la causa a Él mismo?
  1. Éste es el único camino para obtener aquello que no sólo es dificultoso, sino aun repugnante a la naturaleza humana: amar a quienes nos odian, corresponder a las injurias con amabilidad, y devolver bendiciones por insultos.

Recordemos siempre que no hemos de pensar» continuamente en las maldades del hombre, sino damos cuenta de que él es portador de la imagen de Dios.

Si con nuestro amor cubrimos y hacemos desaparecer las faltas del prójimo, considerando la belleza y dignidad de la imagen de Dios en él, seremos inducidos a amarle de corazón. Ver Heb. 12:16; Gál. 6:10; Is. 58:7: Mat. 5:44; Luc. 17:3 y 4.

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